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LA LIGA FEDERAL
Crónica de un prisionero de Artigas

Al tercer día de hallarnos en aquella prisión (el 8 de junio) abrieron la puerta de ella a eso de las cuatro de la tarde y algunos minutos después, uno de los centinelas dijo que venía el General hacia allí.

Poco tardó el General Artigas en entrar, acompañado de sus ayudantes Andrés Latorre y Gorgonio Aguiar. Después de saludarnos, permaneció algunos momentos en silencio, fijándose detenidamente en cada uno de los presos.

El coronel (Ventura) Vázquez estaba en un extremo y el General pasó los ojos rápidamente por él, con quien tenía el motivo de resentimiento que antes hemos dicho, fijándose después con alguna detención en los otros cinco, a quienes no conocía.

Tenía un papel en la mano. Luego tomó la palabra y dijo:

"Siento, señores, ver con esos grillos a hombres que han peleado y pasado trabajos por la causa. El gobierno de Buenos Aires me los manda a ustedes para que los fusile; pero yo no veo los motivos. Aquí me dice (señalando el papel que tenía en la mano) que ustedes me han hecho la guerra, pero yo sé que ustedes no son los que tienen la culpa, sino los que me la han declarado y que me llaman traidor y asesino, en los bandos y en las Gacetas, porque defiendo los derechos de los orientales y de las otras provincias que me han pedido protección.

Si es que ustedes me han hecho la guerra lo mismo hacen mis jefes y oficiales obedeciendo lo que yo les mando, como ustedes habrán obedecido lo que sus superiores les mandaron; y si hay otras causas, yo no tengo nada que ver con eso, ni soy verdugo del gobierno de Buenos Aires."

Luego preguntó a cada uno de los jefes desconocidos para él, por sus nombres y empleos y al satisfacer su pregunta, todos ellos agregaron que no se habían hallado en ninguna campaña contra el.

Aunque el General Artigas sabía muy bien que nosotros no nos hallábamos en aquel caso, cuando nos tocó contestar le dijimos que habíamos hecho la campaña contra él.

El General Artigas contestó solamente: "Ya lo sé; es lo mismo."

Animados por la favorable disposición que anunciaba su modo de expresarse, le hicimos una breve relación de los acontecimientos de la jornada del 15 de abril y del espíritu de venganza que caracterizaba todos los actos de los nuevos gobernantes, respecto de los jefes y demás empleados de la anterior administración.

Después de algunos momentos de silencio, el General Artigas dijo: Sí, quien hace esto...

Y volviéndose hacia nosotros: En el pueblo de la Bajada, se dijo que a usted y a otros jefes, hasta diez, los habían fusilado, cuando la caída del General Alvear...

Y luego de otro intervalo, prosiguió: ¿Ha visto el pago que le han dado los porteños a nuestro amigo don Ventura?

El Coronel Vázquez, a quien se hacía aquella alusión por la deserción con su regimiento, quiso hablar algunas palabras para explicar o disculpar su conducta; pero el General lo interrumpió diciendo: Eso ha pasado ya.

Luego, fijándose con prontitud en el Coronel Balbastro le preguntó cuántos años tenía y en qué ejército había servido.

Contestó éste expresando su edad, campaña del Perú y batallas en que se había encontrado desde el año 1810.

El General Artigas permaneció algunos instantes callado, como pensativo, y me dijo al fin, acompañando la siguiente exclamación con una sonrisa: ¡VAYA QUE NI ENTRE INFIELES SE VERA UNA COSA IGUAL!

Nos preguntó en seguida si teníamos algún sirviente y con ese motivo, al responderle que no se nos había permitido salir más que con lo puesto, se apresuró a manifestar que él dispondría lo necesario para remediar nuestras necesidades más premiosas.

Y al despedirse cortésmente, se dirigió a nosotros, diciendo: No se extrañe usted que no mande sacar a todos los grillos. El gobierno de Buenos Aires está en arreglos. Si estos no son felices, me veré en el caso de ustedes como han venido.

De allí a un cuarto de hora, entra el comandante de la guardia con dos soldados y nos dice que de orden del General los ponía a nuestra disposición como asistentes. Que la puerta quedaba abierta, por orden también del General, pudiendo nosotros mismos entornarla, después de las ocho de la noche y hacer llamar a cualquiera de los asistentes cuando los necesitáramos, avisando al efecto a los centinelas que estaban afuera de la puerta.

Gral. Antonio Díaz

Paysandú, junio 1815.

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