La Biblioteca Artiguista







INICIO > LA EMANCIPACION > LA INVASION LUSO-BRASILEÑA




   




LA INVASION LUSO-BRASILEÑA
Misión Duran-Giró, el convenio con Pueyrredón

La invasión portuguesa motivó el envío a Buenos Aires de comisionados con la finalidad de obtener ayuda. Se suceden Victorio García de Zúñiga, luego Bartolomé Hidalgo y Francisco Bauzá, yendo por último los cabildantes Juan José Duran y Juan Francisco Giró, quienes firman con el director Juan Martín de Pueyrredón un tratado por el cual se obedecería al Congreso de Tucumán y al Directorio, jurando la independencia firmada el 9 de julio en Tucumán, Congreso en el cual no estaban representadas las provincias de la Liga, excepto Córdoba. Se izaría, además, el pabellón de las Provincias Unidas. Era negar la Liga de los Pueblos Libres, claudicando en la lucha que se sostenía desde 1811. Artigas, como Barreiro, rechazan dicho convenio.

El Protector de los Pueblos Libres, desde el frente de lucha, campo volante de Santa Ana, el 26 de diciembre de 1816, escribe para la posteridad:

"El jefe de los orientales ha manifestado en todo tiempo que ama demasiado a su patria para sacrificar el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad".

Pueyrredón comisionó ante Lecor (en Santa Teresa) al Coronel Nicolás de Vedia, quien obtuvo del jefe portugués las seguridades de mantener una estricta neutralidad con Buenos Aires, que tomaría "la orilla oriental por derecho de primera conquista", que ocuparía "hasta el río Uruguay, por el momento y después quizás hasta el Paraná"; estos datos y el proceder posterior del Director, provocan las sospechas de Artigas quien lo apostrofa de la siguiente manera:

Excelentísimo Supremo Director de Buenos Aires,
don Juan Martín Pueyrredón.

Excelentísimo señor:

¿Hasta cuándo quiere usted apurar mi sufrimiento? Ocho años de revolución, de afanes, de peligros, de contrastes y miserias debieran haber bastado a justificar mi decisión y rectificar el juicio de ese Gobierno. El ha reconocido en varias épocas la dignidad del pueblo oriental; él debe conocer mi delicadeza por la inviolabilidad de sus derechos ¿y usted se atreve a profanarlos? ¿Usted, empeñado en provocar mi moderación? ¡Tiemble usted sólo al considerarlo! Por preciosos que sean los motivos a garantir esta conducta, ella es incompatible con los intereses generales. Promovida la agresión de Portugal, usted es criminoso en repetir los insultos con que los enemigos creen asegurada su empresa. En vano será que usted quiera ostentar la generosidad de sus sentimientos: ellos son desmentidos por el mismo orden de los sucesos y éstos convencen que usted es más escrupuloso de complacer los extraños, que en promover aquella santa energía que reanima a los libres contra el poder de los tiranos. De otra suerte, ¿cómo pudiera usted haber publicado en el último decreto el pretendido reconocimiento de la Banda Oriental? Crimen tan horrendo pudieran haberlo perpetrado solamente manos muy impuras ¿y usted se atrevió a firmarlo? Pero es perdonable, era conforme a los misteriosos planes de usted. Los pueblos entusiasmados por su libertad deben ser sorprendidos; los peligros crecían por instantes y el reconocimiento en cuestión, era el mejor apoyo de las ideas de usted; apresuró este paso y empezó a descubrirse el curso majestuoso de sus reservas para nuestra común perdición.

Efectivamente, conocía usted la dignidad de mi genio y que un justo reproche era todo el mérito debido a su perfidia; sin embargo, éste era el pedestal en que usted debía fijar su indomable neutralidad contra las invectivas del público. Neutralidad vergonzosa y que jamás podrá cohonestar delitos tan manifiestos; por ella, ha permitido usted trillar el paso con las exportaciones de trigos a Montevideo, al tiempo mismo que nuestras armas afligían por asedio aquella plaza. Usted debe confesarlo aunque pese a su decoro, es un hecho y lo es igualmente, que sólo con mucha traba y mengua ha permitido transportarlos a los pueblos orientales; por ello se motivó usted para disponer de la escuadrilla de mar y proteger la convulsión en esta Banda Oriental; por ella firmó usted el triste proyecto de repetir tercera expedición sobre Santa Fe y animar las intrigas del Paraná; por ella protegió usted los prisioneros portugueses de Soriano, autorizándose para devolverlos al general portugués. ¿Y cómo no se acordó usted de practicar igual generosidad con el Jefe de los Orientales, devolviéndole las armas y útiles de guerra que tenía a su bordo el buque en que fugaron? Por ella logró al fin usted mezclarse a tiempo oportuno avivando el fuego de la discordia, completarse con los portugueses, tramar la deserción de los libertos a la plaza, franquearles el paso y recibirlos usted en ésa como en triunfo. Un hecho de esta trascendencia no puede indicarse sin escándalo, ¿y usted es todavía el Supremo Director de Buenos Aires? Un jefe portugués, ¿habría operado más descaradamente? Cualquier imparcial mirará con degradación unos hechos que sólo merecen aprobación en el descalabro de usted. Ellos reconocen un origen más negro que la pura neutralidad: continuarla, empero, es un crimen imperdonable.

Por más que se quiera figurar el mérito de nuestras diferencias, la sana razón dicta que su discusión es inoportuna a presencia de un enemigo extranjero y ambicioso. Yo mismo he dado a usted más de una vez el ejemplo, ¿y usted no se atreve a imitarlo? ¡Oh! ¡y cómo es cierto que es muy dulce el nombre de la Patria, pero áspero el sendero de la virtud! No se ocultó a la penetración de usted aquel rasgo de filantropía. Sin traicionar a su propio conocimiento, no pudo usted ser indiferente a la detestable incursión del General Lecor en nuestro territorio, lo requirió por conducto del Coronel Vedia, ¿y por qué desconoce ahora la obra de sus manos? ¿Ahora y entonces no subsisten las diferencias? ¿No acaba usted de ultrajar la dignidad del pueblo de Santa Fe y en él a los demás? Confiese usted que sólo por realizar sus intrigas, puede representar en el público un papel de neutral tan ridículo: por lo demás, el Supremo Director de Buenos Aires ni debe ni puede serlo; profiero esta verdad para que usted no tenga tan vana ostentación de su debilidad. Usted es el mejor acusador; ¿no reconvino usted por la proclama conminatoria contra los orientales al gobierno portugués? ¿Por qué principió tal requisito, siendo usted un neutral o un indiferente a nuestras desgracias? Pero sea un neutral indiferente o enemigo, usted toma justamente la indignación ocasionada por sus desvaríos: tema, y tema con justicia el desenfreno de unos pueblos que, sacrificados por el amor a su libertad, nada les acobarda tanto como perderla. Desista usted de concebir el pobre pensamiento, que sobre los fragmentos de sus ruinas, se levantará algún día el capitolio de nuestra degradación.

La grandeza de los orientales sólo es comparable a sí misma. Ellos saben desafiar los peligros y superarlos; reviven a la presencia de sus opresores. Yo a su frente marcharé a donde primero se presente el peligro. Usted me conoce y debe temer la justicia de la reconvención. Usted no hace más que repetir los insultos que apuran nuestro sufrimiento. Cada día se renuevan con descrédito de la común felicidad, usted no debe creerme insensible. Yo, en campaña y repitiendo las sangrientas escenas de la guerra contra los injustos invasores y usted, debilitando nuestra energía con la mezcla de unos negocios que no dejan de excitar las más Justas sospechas. Yo, empeñado en el contrarresto de los portugueses y usted, en favorecerlos. En mi lugar, ¿usted mismo habría mirado con indiferencia esta degradante conducta?

Confieso a usted que, haciendo alarde de mi moderación, he tenido por violentarme más de una vez por no complicar los preciosos instantes, en que la Patria reclamaba la concentración de los mejores esfuerzos. Por lo mismo brindé a usted con la paz y usted provocándome a la guerra: no obstante, abrí los puertos que debían permanecer cerrados por poderosos motivos: devolví a usted generosamente los oficiales prisioneros, que aún no habían purgado sus delitos y agresiones sobre la inocencia de los pueblos. Usted no puede desmentir estos actos de mi generosidad que no ha podido igualarlos, después de sus continuados prometimientos por la reconciliación. Es verdad que usted franqueó algunas armas a las divisiones del Sitio y Paraná, pero sin darme el menor conocimiento. Esa doble intención de usted es el germen fecundo de sus maquinaciones. Convenía a las ideas de usted ponerse a cubierto de la responsabilidad de su inacción ante el Tribunal severo de los pueblos; ¿y creyó usted eludirla con alucinamiento y homenaje tan rastrero? ¿No lo acabamos de tocar en las convulsiones del Sitio y Paraná? ¿Podrá ocultarse a los pueblos que siendo distribuido el armamento sin el conocimiento de su Jefe, ese debía ser el resultado? Deje usted de ser generoso, si han de palparse tan terribles consecuencias. Deje usted de servir a la Patria, si ha de oscurecer su esplendor con tan feos borrones.

No es usted quien ha de oponerse a las miras del trono de Brasil; antes bien renueva en cada momento nuestras desgracias, inventando medios de destruir nuestros esfuerzos, que deberían escarmentarlas: de suerte que usted debe gloriarse, no de haber servido al público, sino de haber provocado mi constancia hasta tocar el extremo de desesperación: he sufrido, ¿y tiene aún la osadía de acriminar mi comportamiento en público y en secreto? ¿Soy por ventura yo como usted, que necesita vindicarse con el público y asalariar viles apologistas? Hechos incontrastables son el mejor garante de mi conducta ¿y los de usted? Los que refiere el CRONISTA ARGENTINO y otros muchos de este jaez ¿qué debe esperarse? A mí me toca expresar uno solo: usted no ha perdonado viveza para realzar sus deseos hacia nuestra reconciliación: yo abriendo un paréntesis a nuestras diferencias insté a usted por el deber de allanarlas al menos en momentos de tanto apuro, librando una sanción del ajuste precioso para concentrar nuestros esfuerzos contra el poder de Portugal. Tal fue mi propuesta en junio de este año: al efecto pedí a usted diputados adornados con plenos poderes para estrechar los vínculos de la Unión. Usted no pudo desconocer su importancia y se comprometió a remitir sus diputados. Obra en mi poder la respuesta de usted datada en 10 del mismo junio; en consecuencia, anuncié a los pueblos el éxito de mi propuesta: todos esperaron con ansia ese iris de paz y de la concordia. ¿Ni cómo era posible creerse dejase desairado el objeto importantísimo de mis votos? Pero es un hecho, sin que hasta el presente haya sido otro el resultado, que sin desmayo vergonzoso con que se cubre de ignominia el nombre de usted: para encubrirla debía escudarse usted contra las tentativas del pueblo mismo de Buenos Aires, y aquí la vulgaridad que yo había ofrecido diputados a usted que esperaba con el propio fin.

Es requerida muy poca dignidad en usted negarse tan abiertamente a los intereses de la conciliación, acriminándome para ocultar su perfidia. Es el último insulto con que usted me provoca ¿y, querrá usted que calle? Tal impostura es perjudicial a los intereses de la causa. Es usted un criminal e indigno de consideración, negándose a conciliar la unión de una y otra Banda. Pesará a usted oír estas verdades pero debe pesarle mucho más haber dado los motivos bastantes para su esclarecimiento: ellas 0van estampadas con los caracteres de la sinceridad, de un testimonio público y de la justicia de los sensatos. Si usted no ha cesado de irritarme, mi honor reclama su vindicación. Hablaré por esta vez y hablaré para siempre. Usted es responsable ante las aras de la Patria de su inacción o de su perfidia contra los intereses comunes. Algún día se levantará este Tribunal severo de la Nación y él administrará justicia. Entre tanto desafío a usted para combatir con energía al frente de los enemigos y ostentar todas las virtudes que deben hacer glorioso el nombre AMERICANO.

Tengo el honor de saludar a usted y reiterarle con toda consideración mis respetos.

Purificación, 13 de noviembre de 1817.

José Artigas

Anterior Siguiente



Frases del Ideario Artiguista






© 2001 CMGA. Consúltenos para reproducir información de este sitio.