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LAS INTRIGAS DEL AYUI
Precisión del Yi

Excelentísimo señor. Nada hay para mí más sensible que haber llegado las circunstancias hasta el extremo de tener que expresarme y sentir del modo que ahora. Yo sin acriminar a persona puedo concluir que la intriga es el gran resorte que se gira sobre mí. Aquel supremo gobierno comisionó cerca de mí al Sargento Mayor de granaderos montados don Carlos Alvear.

Este jamás trató conmigo y regresó a Buenos Aires. Cuanto allí se expuso contra mí todo era autorizado con la firma de usted, como también el papel en que los comandantes de mis divisiones y yo negábamos la obediencia al supremo gobierno y a usted proscribiendo toda compasión.

Yo me escandalizo cuando examino este cúmulo de intrigas que hace tan poco honor a la verdad y forma un premio indigno de mi moderación excesiva. Cualquiera que quiera analizar mi comportamiento por principios de equidad y justicia, no hallará en mí más que un hombre que decidido por el sistema de los pueblos supo siempre prescindir de cualesquiera errores (que creyese tales) en el modo de los gobernantes por plantarlo, conciliando siempre su opinión con el interés común y llevando tan al término esta delicadeza, que al llegar el lance último supo prescindir de sí mismo y de los derechos de los pueblos que defendía sólo por acomodarse a unas circunstancias en que la oposición de la opinión esencial entre nosotros y los europeos prevalecería entonces en favor de éstos por nuestro modo de opinar. Tal fue mi conducta en el Ayuí cuando las órdenes de usted vulneraron el derecho sagrado de mis compañeros y tal fue, en honor a mi sinceridad, la que ostenté al hacer marchar al Salto al Regimiento Oriental, los Blandengues.

La cuestión es sólo entre la libertad y el despotismo: nuestros opresores, no por su patria, sólo por serlo forman el objeto de nuestro odio. La guerra actual ha llegado a apoyarse en los nombres criollo y europeo, y en la ambición inacabable de los mandones de la regencia española, creí de necesidad no se demorase el exterminio de éstos, no faltando después tiempo para declamar delante de nuestra asamblea nacional contra una conducta que en mi interior pude disculpar por aquellos instantes. En el exceso de mi moderación quise yo solo hacer el sacrificio desprendiéndome del gran parque y conteniendo mi influjo sobre las tropas, limitando la muestra de mi opinión a sólo desentenderme de afanarme más y anhelar por premio la tranquilidad de mi hogar, después de reponer en los suyos a los héroes inmortales que conservaron su país contra una invasión extranjera a expensas de cuanto poseían. En vista de esto ¿qué puede exigir la Patria de mí? ¿qué tiene que acriminarme? Puede ser un crimen haber abandonado mi fortuna, presentándome en Buenos Aires.

Sin embargo, estaba escrito en el libro de la injusticia que los orientales habían de gustar otro acíbar mucho más amargo.

Era preciso que después de haber despreciado su mérito se les pusiese en el rol de los crímenes y que sean declarados por enemigos unos hombres que cubiertos de la gloria han entrado los primeros en la inmortalidad de la América. Era preciso jurar su exterminio, confundirlos y perderlos. No, señor excelentísimo; la grandeza de estos hombres es hecha a prueba del sufrimiento; también es preciso que hagan ver no era una vileza lo que fue moderación. Bajo este concepto, cese ya usted de impartirme sus órdenes, adoptando consiguientemente un plan nuevo para el lleno de sus operaciones. No cuenta ya usted con alguno de nosotros, por que sabemos muy bien que nuestra obediencia hará precisamente el triunfo de la intriga.

Si nuestros servicios sólo han producido el deseo de decapitamos, aquí sabremos sostenemos. Mi constancia y mi inocencia me presentarán delante del mundo con toda la grandeza y justicia deseables.

El pueblo de Buenos Aires es y será siempre nuestro hermano, pero nunca su gobierno actual. Las tropas que se hallan bajo las órdenes de usted serán siempre el objeto de nuestras consideraciones, pero de ningún modo usted. Yo prescindo de los males que puedan resultar de esta declaración hecha delante de Montevideo pero yo no soy el agresor ni tampoco el responsable. Mis lágrimas son sofocadas por la precisión en que usted mismo me ha puesto... Ya que la sangre ha de escribir las últimas páginas de nuestra historia gloriosa hacerla servir a nuestra venganza delante del cuadro de nuestros trabajos? Si usted sensible a la Justicia de nuestra irritación quiere eludir sus efectos proporcionando a la Patria la ventaja de reducir a Montevideo repase usted el Paraná dejándome todos los auxilios suficientes. Sus tropas, si usted gusta, pueden igualmente hacer esa marcha retrógrada. Si solos continuamos nuestros afanes no nos lisonjearemos con la prontitud en coronarlos, pero al menos gustaremos la ventaja de lo ser tiranizados cuando los prodigamos en odio de la opresión.

Dios guarde a usted muchos años.

Costa del Yi. 25 de diciembre de 1812.

José Artigas

Al excelentísimo señor don Manuel de Sarratea, representante General en Jefe del Ejército Auxiliador.

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